Esperar el tiempo del Señor

2020-08-15T00:26:53-04:00 22 de marzo de 2020|SERMÓN|

Extracto del mensaje

Apreciados hermanos en Cristo. En el círculo de la intimidad cristiana he sentido dirigirme a la congregación de la IBCC, que pastoreo como amigo y servidor de la misma.

En tiempos como los que vivimos, de tensiones, desasosiego, inseguridad y necesidades, el alma y el espíritu necesitan nutrirse del alimento de la Palabra de Dios. Tengo la completa seguridad de que todo lo que nos está pasando redundará para la gloria de Dios, la edificación de la iglesia y de bendición para nuestro país. Y lo que es más importante: el describir cómo vivir cada instante más cerca de Dios.

En esta ocasión les comparto el mensaje pastoral del domingo 22 de marzo de 2020 que he titulado “Esperar el tiempo del Señor”, basado en el salmo 27 donde David nos exhorta a esperar y confiar en Dios como antídoto contra el temor y la soledad. Si queremos disipar el fantasma y la sombra del terror en nuestras vidas, recordemos juntos con el salmista David que el Señor es nuestra luz, salvación y castillo fuerte. David comienza diciendo:

Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron. Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; Aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado (Salmo 27:1-3).

El temor es una sombra muy oscura que ha invadido al hombre moderno. La serenidad y la paz no son virtudes características de la humanidad de hoy. Sin embargo, un distintivo del seguidor del Señor Jesús debe ser la serenidad, la confianza y la esperanza en Dios.

El miedo es un gran enemigo en las tribulaciones. El miedo todo lo agranda, todo lo deforma, todo lo arruina. Es el mayor enemigo de la fe cristiana:

  • Por el miedo los exploradores que envió Moisés a Canaán, todo lo vieron agigantado, deformado.
  • Cuando Josué se sintió temeroso al tener que suceder a Moisés, Dios le dijo. “…no temas ni desmayes, porque yo estaré contigo…”, “…como estuve con Moisés mi siervo, estaré contigo…”.
  • Al joven Jeremías, que se puso a llorar cuando Dios lo invitó para ser su profeta, le ofreció que lo convertiría en una muralla de bronce frente a sus enemigos; pero también le dijo: “No tengas miedo de ellos… ciñe tus lomos, levántate y háblales todo cuanto te mande…”.

Para llegar a esta actitud de confianza y serenidad en medio de las dificultades, enfermedades, miserias, El Dios del Salmo 27 de David, tiene que ser nuestro Dios. Nuestro Dios sigue siendo luz, salvación, fortaleza en medio de las tribulaciones. “Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar…” (Salmo 46:2).

Tan animado estaba David, rememorando las veces que Dios lo había iluminado, salvado y fortalecido, que llegó a decir: “Aunque un ejército acampe contra mí, No temerá mi corazón; Aunque contra mí se levante guerra, Yo estaré confiado” (v. 3).

Después de sacudir sus temores y dudas mediante la alabanza, en lo primero que pensó David fue en acudir a la casa del Señor, al templo. Sabía él que allí se encontraría protegido y feliz. Dice en los versículos 4 al 6:

Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré;

Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida,

Para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.

Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal;

Me ocultará en lo reservado de su morada;

Sobre una roca me pondrá en alto.

Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean,

Y yo sacrificaré en su tabernáculo sacrificios de júbilo;

Cantaré y entonaré alabanzas a Jehová.

La casa del Señor, para David posiblemente era el tabernáculo, y para nosotros el templo, ese lugar propicio para la alabanza, la acción de gracias y la meditación en la ley de Dios. Entrando en el santuario o en la casa del Señor, David tenía un sentido de seguridad, de paz, de gozo.

El día del Señor, para nosotros en el día de hoy está confinado a permanecer en nuestras casas por causa de una enfermedad que amenaza a toda la humanidad…por lo tanto, oremos fervientemente a Dios por que pronto podamos saludarnos, abrazarnos o estrechar nuestras manos, en la casa del Señor, que llamamos Iglesia Bautista Central de Caracas.

Después de esto, en qué el salmista David expuso al Señor sus apuros, sus preocupaciones en lo más profundo de su corazón, escuchó esta respuesta de Dios: “…Buscad mi rostro…” (v.8). Fue lo único que Dios le indicó a David para solucionar su temor.

Lo que David más necesitaba en su vida era buscar el rostro de Dios. Si nosotros queremos buscar el rostro de Dios o la presencia activa de Dios en nuestro corazón y pensamientos, es obvio que tenemos que hacer uso de la alabanza, de la acción de gracias, de la senda del bien, del camino correcto, de la oración persistente, de no dejar de congregarnos en la casa del Señor y no olvidarnos de escudriñar las Escrituras, porque ellas son las que nos dan testimonio de nuestro Salvador.

Finalmente, la última estrofa del Salmo 27, en los versículos 13 y 14, el rey David, con serenidad, paz y confianza expresa lo siguiente: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes. Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová”.

David sabía por experiencia lo que significaba esperar al Señor. Había sido ungido rey a la edad de 16 años, pero no fue rey sino hasta que tuvo 30. Sabía, igualmente, cómo Dios lo había librado de la muerte a manos del gigante Goliat. Conoció también los celos perversos del rey Saúl, quién lo estuvo persiguiendo por todo el desierto.

David siempre esperó en Dios para salir victorioso de todas las pruebas de la vida. Esa clase de actitud y pensamiento es la que debe imperar en nuestras vidas. Esto implica que Dios es el que debe llevar las riendas de todo nuestro ser. Por lo tanto, vale la pena saber esperar en Dios y confiar todas nuestras ilusiones correctas en sus manos.

Lamentaciones 3:24 al 26, nos hace un llamado a la esperanza y esperar en el Señor ya que a menudo Dios utiliza la espera y las experiencias humanas para refrescarnos, renovarnos y enseñarnos que el tiempo de Dios es perfecto. “Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en el esperaré. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová”.