Las siete palabras desde la Cruz

2020-10-14T04:19:25-04:00 10 de abril de 2020|SERMÓN|

Extracto del mensaje

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino, mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca”, Isaías 53: 4-7.

 Actualmente el mundo tiene muchos amantes de la Cruz. Hay cruces para todos los gustos. Muchas de ellas están fijadas en cuerpos humanos, paredes, libros y templos religiosos.

Pero estas cruces no traen salvación, perdón de pecados ni bendición espiritual ninguna. Quizá alguna tranquilidad psicológica, más no reconciliación con Dios.

Las siete palabras de Cristo desde la cruz del Calvario nos muestra el gran amor de Dios por el mundo.

La primera palabra es: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23: 34).

Esta primera palabra nos muestra que, aunque los hombres no se interesen por Cristo, Cristo si se interesa y se preocupa por todo el mundo. Dice el apóstol Pablo: “..y por todos murió Cristo, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”. (2 Corintios 5: 15). “Más Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. (Romanos 5: 8).

 La segunda palabra, dice: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Lucas 23: 43).

¿Cómo supo este malhechor que Cristo podía salvarlo? Seguramente porque minutos antes oyó a los burladores gritar frenéticamente: “Salvó a otros…” Al oír esto es cuando el malhechor le pidió: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Cristo siempre se acuerda de todo aquel que le invoca para ser salvo. El que en él cree, tiene vida eterna.

 La tercera palabra es cuando Jesús le dice a su madre: “Mujer, he ahí tu hijo”. Y luego le dice a Juan: “He ahí tu madre”. (Juan 19: 26-27).

Mientras agonizaba, Jesús seguía pendiente de su familia. ¡Qué ejemplo para las familias de hoy! ¡Qué mensaje de unidad y preferencia por el hogar! Por los esposos, padres, hijos y hermanos. En verdad, ninguna ocupación o responsabilidad civil y religiosa debería estar por encima de la familia y del hogar.

La cuarta palabra resulta estremecedora, conmovedora: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mateo 27: 46).

Esta palabra fue, es, y siempre será un misterio. Ni los ángeles, ni el sol, ni la misma naturaleza la comprendieron. No hay, ni habrá jamás teólogo alguno que pueda explicarla. Yo sólo puedo decir de mi mismo: Dios el Padre, no está cuestionando al Hijo Unigénito; tampoco esta avergonzándose de Él. Esta, si, derrotando al maligno, a la serpiente antigua, al padre de la mentira y del engaño, en la persona de su Hijo Jesucristo. Mientras Dios Padre sufre por el Hijo, el Hijo Unigénito sufre por el mundo derramando su preciosa sangre para limpiarnos de toda maldad.

La quinta palabra, dice: “Tengo sed”. (Juan 19: 28).

¿Cómo no iba a tener sed? No resulta extraño que dada su condición humana el Señor tuviera sed. La deshidratación, la ardorosa fiebre y la pérdida de sangre bastaban para tener sed. Ésta habla por igual de agonía física como espiritual, porque Cristo sufrió el tormento físico y espiritual de la cruz por nuestros pecados.

Un coro de los hijos de Coré compusieron este Salmo: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. (Salmo 42: 1, 2).

Así como la vida de un ciervo depende del agua, nuestras vidas dependen de Cristo. Los que lo buscan encontrarán una vida eterna que no tiene fin.

La sexta palabra es cuando Jesús declaró: “Consumado es”. (Juan 19: 30).

Esta palabra equivale a “Cancelado es”. Es decir, la deuda espiritual del hombre con Dios quedó saldada o pagada por Cristo en la cruz. Por eso el apóstol Pablo, años después, escribió a los romanos: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, (para) los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. (Romanos 8: 1).

 Finalmente, la última palabra se refiere al descanso espiritual de Jesús. La batalla ha terminado. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. (Lucas 23: 46).

Bienaventurado todo aquel que al partir de este mundo, pasando por la tumba, diga: “Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Así se despidió el Señor Jesús de la cruz para ir al sepulcro y más tarde ascender a los cielos. ¿Cómo se despedirá usted de este mundo? ¿Con temor o con confianza? ¿Triste o felizmente?

“Y cómo Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. (Juan 3: 14-17).

 E.D.A.