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La doctrina de la regeneración

2020-05-25T19:30:26-04:00 14 de abril de 2020|ARTÍCULO|

El Evangelio según San Juan narra el interesante encuentro entre el Señor Jesucristo y un hombre docto, de buena preparación intelectual, pues era fariseo y miembro del Sanedrín, y de cuyo encuentro se deriva una gran enseñanza para el interlocutor del Señor en ese momento, y para nosotros mismos. Nos referimos a Nicodemo, quien se acercó a Jesús para conversar con Él, manifestándole que estaba convencido que era un enviado de Dios por las señales que hacía. El Señor le declaró lo siguiente: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Jesús deja por sentado que es necesario nacer de nuevo. Esta declaración nos coloca ante una de nuestras doctrinas fundamentales: la regeneración o nuevo nacimiento. Si existe una doctrina clara y reiterada en el Nuevo Testamento, es la regeneración. El creyente da testimonio público de ese nuevo nacimiento con el acto del bautismo.

De hecho, cuando se define la iglesia se dice: “La iglesia es la comunidad se todos los creyentes que han sido unidos por el lazo de la fe y la acción regeneradora del Espíritu Santo de una manera vital a Jesucristo”. Es por tanto la acción del Espíritu Santo, asentida y corroborada por nuestra decisión.

¿En qué consiste la regeneración, o nacer de nuevo, como lo escribe el apóstol Juan? Nicodemo preguntó: “¿puede el hombre siendo viejo entrar en el vientre de su madre y volver a nacer?” (Juan 3:4a). Por supuesto que no. La enseñanza tenía un carácter espiritual, por eso: “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:5-8).

Un mero propósito de reforma suele fracasar de forma inevitable en el hombre envilecido por el pecado. Como en el nacimiento físico, es Dios quien da la nueva vida, y es deber del creyente cultivarla y fortalecerla por medio de la oración y la lectura a conciencia de las Sagradas Escrituras, en la devoción personal íntima y en la adoración conjunta en la compañía de los hermanos en Cristo.

Se entiende por regeneración, el cambio de naturaleza producido por el Espíritu Santo en el hombre, al que comunica una vida nueva, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es…” (2 Corintios 5:17, énfasis añadido). La justificación cambia la situación del hombre ante Dios, es declarado justo. La regeneración transforma su ser moral y espiritual. La justificación es necesaria por su culpabilidad; la regeneración es necesaria a causa de su corrupción. La regeneración es la aplicación de la figura del nacimiento humano a la esfera espiritual. El Señor afirmó: “es necesario nacer de nuevo”.

Haciendo un análisis más detallado de las implicaciones de dicha afirmación veamos seguidamente: la necesidad del nuevo nacimiento: El apóstol Pablo al escribir a los Efesios, capítulo 2, versículo 1 dice: “Y Él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (énfasis añadido). El hombre sumido en el pecado se halla en estado de muerte espiritual. La personalidad humana persiste, así como la posibilidad de una nueva vida, pero ésta ha de recibirse de Dios por los medios por Él determinados. En la carta a Tito leemos: “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:4, 5, énfasis añadido). Como le dijo el Señor a Nicodemo: “Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6).

César Rodríguez Salazar