Del sufrimiento a la paz

2020-05-25T21:40:43-04:00 9 de febrero de 2020|BOLETÍN|

Domingo, 09 de febrero de 2020

Del sufrimiento a la paz

La paz es una cualidad tan importante que debería llenar la vida de la personas, de los grupos, de las familias y de los países, como el bien más preciado; debería ser parte activa de nuestras relaciones con los demás, con Dios y con nosotros mismos. Hay algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de cada día, sin la cual el mismo pan diario es amargo. “Danos Señor, la paz de cada día,” deberíamos añadir a todas nuestras oraciones.

En nuestros días la paz, promesa y regalo de Dios, fruto del Espíritu Santo y de la Sagrada Escrituras, está amenazada de muchas maneras y herida de muerte. No se puede hablar responsablemente sobre la paz a una persona, grupo o país si no se tocan otros temas relacionados con ella, como lo son: la justicia, la fe, el amor y la esperanza. Podemos experimentar la paz únicamente cuando vivamos las implicaciones, por ejemplo, de Isaías 48:17, 18, 22: “Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el Santo de Israel: Yo soy Jehová Dios tuyo, que te enseña provechosamente, que te encamina por el camino que debes seguir. ¡Oh, si hubieras atendido a mis mandamientos! Fuera entonces tu paz como un río y tu justicia como las ondas del mar. No hay paz para los malos, dijo Jehová.”

Además, si alguien verdaderamente, cristianamente, sinceramente busca la paz mental y emocional, la recibirá cuando armonice su vida interior con los siguientes versículos: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado,” Isaías 26:3. “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado,” Salmo 4:8. No hay paz para quienes ignoran a Dios y para quienes aparten sus pensamientos de las Escrituras: “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza y por el poder del Espíritu Santo,” Romanos 15:4, 13.

Mucha gente en la actualidad, incluyendo a los creyentes, demandan comodidades, seguridad, salud y oraciones ignorando o no queriendo entender que la paz es un don de Dios. Aún más importante, sabemos que podemos enfrentar cualquier situación, con esa misma paz y seguridad que nos viene de Dios. Ya podemos inventar democracias, socialismos, comunismos, imperios, tratados internacionales, vacunas para los virus, declaraciones de los DD.HH. y tantas otras cosas, que si Dios, sin las Escrituras y sin la oración no existe verdadera paz. Nadie puede prometer y otorgar tranquilidad, sosiego y descanso, excepto nuestro Señor.

Era de noche. Estaba el Señor Jesús con sus doce apóstoles celebrando la Pascua. Sabía Él que le quedaban pocas horas de vida; que al día siguiente, el viernes a las tres de la tarde, daría su último suspiro. Camino hacia el huerto de Getsemaní pronunció este amoroso discurso. “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo. Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Juan 14:27; 16: 33.

Sabían los profetas y también los ángeles de la necesidad que las personas tenían de paz. El profeta Nahum anunció esta profecía: “He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz. Celebra, oh Judá, tus fiestas, cumple tus votos; porque nunca más volverá a pasar por ti el malvado; pereció de todo.” Nahum 1:15. Más tarde los ángeles del cielo descendieron a Belén y anunciaron a los pastores: “Gloria a Dios en el cielo más alto y paz en la tierra para aquellos en quienes Dios se complace.” Lucas 2:14 (Nueva Traducción Viviente).

Pero más sabía el Señor Jesús que los profetas y los ángeles de la necesidad que la humanidad tenía de paz. Después de su muerte en la cruz, ya resucitado y próximo a regresar a las alturas, no dependiendo ya de los profetas y los ángeles, será Él mismo quien les diga a sus discípulos partida doble: “Paz a vosotros”… “Paz a vosotros,” Juan 20: 19, 26.

No debemos minimizar ni despreciar los esfuerzos que hacen los hombres para conseguir la paz. No debemos cruzarnos de brazos esperando que otros hagan lo imposible, por ejemplo, para erradicar el “coronavirus,” el ébola, la fiebre chikungunya, la enfermedad, la violencia, la inseguridad, el hambre, etc. Tenemos que proclamar al país y convencernos a nosotros mismos que el camino hacia la paz es ¡Cristo! Él es el único “Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz,” Isaías 9:6. Si nuestros pensamientos no permanecen en Dios (Isaías 26:3), preparémonos para el desasosiego, los afanes, los temores, las intranquilidades, “…por separados de mi nada podéis hacer.” Juan 15:5.

Entendámoslo bien, sin Cristo, sin la Palabra y sin la oración no hay verdadero descanso mental, espiritual, ni sosiego emocional. He aquí la invitación del Señor si queremos encontrar la paz: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón: y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga,” Mateo 11:28-30.

Jesús promete paz, descanso y perdón para el alma que confía en Él. La invitación es para todos los que están afectados por los problemas de la vida y las dificultades espirituales de su propia naturaleza humana.

E.D.A.