La hora de la fe

2020-04-24T07:43:16-04:00 23 de abril de 2020|E.D.A.|

“Mente sana en cuerpo sano” era, según los antiguos, el ideal de la perfección humana y la plegaria que debía elevarse a Dios. Tercera de Juan, versículo 2, habla de salud física y espiritual: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”. Todo parece indicar que Gayo, un miembro de su iglesia local, estaba acosado por problema de salud o se estaba recuperando de alguna enfermedad. Cualquiera que fuera su condición, Juan se preocupa por su estado de salud física.

Salud física y espiritual son dos grandes bendiciones de Dios, dos aspectos de la vida que el cristiano debe cuidar con inteligencia y gratitud a Dios. Guardar la salud física tiene mucho asidero en la Palabra de Dios (ver: Salmo 103: 3; Isaías 38: 1-5; Marcos 1: 34; Lucas 4: 40; Santiago 5: 4, 5).

¿De qué le sirve toda la prosperidad a una persona enferma? La salud es algo que se debe cuidar, “santificarla” y agradecerla a Dios. ¿De qué sirve un alma sana con su cuerpo enfermo? Cuerpo y alma son indispensables para los propósitos de Dios, ambas cosas deben conservarse en buen estado. Por difícil que sean nuestras vidas en la actualidad, siempre debemos esmerarnos por resguardarnos de todo peligro físico y espiritual. Juan estaba preocupado por el bienestar físico y espiritual de Gayo (3 Juan 2). Eso era un contraste directo a la herejía popular de los tiempos de Juan y Gayo que enseñaban la separación de lo espiritual y material y menospreciaban el aspecto físico de la vida. Todavía hoy, muchos creyentes caen en esa forma de pensamiento, pero esa actitud es incorrecta, no es bíblica ni cristiana. Dios está interesado tanto en nuestro cuerpo como en nuestra alma.

Los cristianos no debemos ser negligentes, descuidados ni fanáticos con respecto a nuestra salud, sino ocuparnos de nuestras necesidades físicas y disciplinar nuestro cuerpo y alma de modo que podamos estar en las mejores condiciones para servir al Señor.

Juan el apóstol era como el Señor Jesús: nunca se olvidaba que las personas tenemos cuerpo y no sólo alma, y que los cuerpos son importantes. ¡Cuide de su cuerpo, de su buena salud tanto como del bienestar espiritual de su alma! La oración es un elemento santificador para ambas.

En ocasiones, encontramos creyentes que predican y enseñan, sobre todo muchos “sanadores” de fe, que dicen que toda enfermedad es resultado de un pecado en la vida, se debe a la falta de fe. Esto, desde luego, no es cierto, como en el caso de Gayo. Su condición espiritual era buena, pero su condición física no era tan buena. Esto muestra que no se puede deducir el estado espiritual de alguien en base de su estado corporal.

Lo resaltante de este escrito tiene que ver con la salud física, dadas las circunstancias actuales por las que atraviesa la humanidad entera. Nosotros somos parte de esta humanidad. Estamos pasando por circunstancias peligrosas para nuestra salud física y emocional. Por lo tanto, ¡cuidémonos! En estos momentos los mejores “médicos” somos nosotros mismos. Los médicos trabajan para conservarnos la salud; nosotros no debemos trabajar para destruirla. Seamos sensatos, prudentes, cuidadosos porque la salud es un don de Dios. “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”, 1 Tesalonicenses 5:23.

E.D.A.