La hora de la fe

2020-04-27T12:46:36-04:00 27 de abril de 2020|E.D.A.|

¿Cómo le correspondemos a Dios por su gran amor hacia nosotros? El testimonio que muestra el autor del Salmo 116, comienza con una expresión de gozo y gratitud por lo que Dios había hecho en su vida: “Amo a Jehová…” En todo el Salmo el autor agradece al Señor por toda los beneficios recibidos de Él en medio de la angustia y el terror. Es sumamente expresiva la figura de Dios inclinando su oído para escuchar al muchachito que grita asustado en la noche.

En los primeros versículos, la oración de clamor no es una plegaria de rutina, sino de alabanza y de gratitud en respuesta al amor: “Amo a Jehová, pues ha oído Mi voz y mis súplicas; Porque ha inclinado a mí su oído; Por tanto, le invocaré en todos mis días. Me rodearon ligaduras de muerte, Me encontraron las angustias del Seol; Angustia y dolor había yo hallado”.

Quienes se sienten salvados por Dios, el que tiene experiencias de Su amor y de Su misericordia, no puede sino amarlo, adorarlo y servirle con todo el corazón. Por eso el salmista comienza exponiendo ante todos que él ama mucho a Jehová porque tiene sobrados motivos para eso. Les dice con gozo a todos: “El Señor inclinó hacia mí su oído el día que lo llame”.

La petición de amor y misericordia es muy común en la Biblia. Por ejemplo, el apóstol Pedro sintió la fuerte mano del Señor cuando se estaba hundiendo en el mar de Galilea. Pedro exclamó: “Señor, ¡Sálvame!” (Mateo 4: 30). El clamor de Bartimeo, el ciego que se puso a gritarle a Jesús cuando pasaba por el camino fue: “Hijo de David, ten misericordia de mi” (Marcos 10: 47). Lo mismo sucedió con la mujer cananea, que iba gritando atrás de Jesús: “¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio” (Mateo 15: 22).

Al rey Ezequías le sucedió algo parecido. Por medio del profeta Isaías, Dios le envió a decir que se preparara porque la hora de su muerte había llegado. El rey se entristeció y entre lágrimas comenzó a clamar al Señor; Dios aceptó el clamor de Ezequías y le ordenó al profeta Isaías que regresara a comunicarle al rey que se le concedían quince años más de vida (2 Reyes 20: 1-6).

En los momentos difíciles de nuestra vida, no hay como el clamor de la oración a Dios. ¡Solamente a Dios! Toda súplica o “grito” de angustia a Dios llega directo al trono de la gracia divina. El autor del Salmo 116 experimentó a Dios como Padre bueno, que inclinaba su oído hacia él. El escritor no podía olvidar lo que Dios había hecho por él. ¿Con qué le pagaría? No con oro ni con plata, no con sacrificios de animales ni pertenencias personales. Solamente lleno de gratitud, alabanza, serenidad y confianza, “Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”, Salmos 46:1.

E.D.A.