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Cada creyente un ministro

2021-03-20T19:21:13-04:00 5 de mayo de 2020|ARTÍCULO|

Dado que por definición la iglesia es: “la comunidad de todos los creyentes que han sido unidos por el lazo de la fe y la acción regeneradora del Espíritu Santo de una manera vital a Jesucristo”, entendemos que cada uno de los que forman parte de la iglesia tiene el privilegio de una relación directa con Dios a través de la persona de nuestro Señor Jesucristo y ese privilegio trae como consecuencia el deber de una vida de servicio a dicha comunidad y al prójimo en general.

El apóstol Pedro en su primera carta, capítulo 2 versículo 9, dice lo siguiente: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquél que os llamo de las tinieblas a su luz admirable”. El Apóstol se apoya en lo dicho por Dios a Moisés en Éxodo 19:5-6, para que transmitiera ese mensaje al pueblo de Israel “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos: porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel”.

Ese privilegio trae implícito un compromiso, el de servicio, el cual debe ser motivado, consciente y proyectado, entendiéndose por compromiso la decisión por la cual una persona se obliga a sí mismo a consagrarse a una causa, a un ideal, a una persona, a una empresa colectiva o a una comunidad. En el caso que nos ocupa, consagración a la causa de Cristo, manifestada en acción, en servicio a través de la iglesia de la cual se es miembro.

Cuando el Apóstol se refiere a real sacerdocio, hace alusión al hecho de que en los tiempos del Antiguo Testamento el ejercicio del sacerdocio estaba reservado a los miembros de la tribu de Leví, era la época cuando la relación de Dios con el ser humano se realizaba según la dispensación de la ley, pero una vez que el Señor Jesucristo con su sacrificio y resurrección consumó la obra redentora de la humanidad, logrando con ello que la relación de Dios con los humanos se haga según la dispensación de la gracia, el ser humano tiene acceso directo al Padre celestial a través de Cristo, Mediador de un nuevo pacto (Hebreos 8). Dicho acceso fue simbólicamente representado cuando, durante la crucifixión, el velo del templo se rasgó en dos (Lucas 23:45), eliminando así la separación del Lugar Santo con el Lugar Santísimo. Cada creyente tiene acceso directo a Dios a través de la persona del único mediador, el Señor Jesucristo.

Al calificar a la iglesia como santa, el Apóstol quiere decir diferente, constituida por personas con un estilo de vida diferente, apartados del pecado. El creyente ya no vive para sí, sino en novedad de vida de acuerdo con la voluntad de Dios (Romanos 6:4).

En ese sentido, cada cristiano debe sentir que es parte importante en el trabajo de la iglesia, ejercitando el don o los dones con los cuales haya sido bendecido por el Espíritu Santo.

Tendremos así una congregación trabajando en equipo, dirigido por el siervo llamado por Dios para pastorear Su grey.

Cesar Rodríguez Salazar