La hora de la fe | #68

2020-06-13T23:47:19-04:00 11 de junio de 2020|E.D.A.|

El Salmo 121 revela a Dios como nuestro guardián incondicional en todas las circunstancias de nuestra vida. Nos invita a abandonarnos en las manos del Creador de los montes y de los cielos y apropiarnos de la seguridad y la paz que nos ofrece. Este Salmo nos estimula a poner en práctica lo que aconseja el apóstol Pedro: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”, 1 Pedro 5:7.

Uno de los problemas más difíciles que se nos plantea actualmente es permitirle a Dios que tome nuestras cargas insostenibles y pesadas. La mayoría de las veces estamos tan aferrados a nuestro dolor, a nuestras preocupaciones, a nuestros temores, que no nos acordamos en confiar ciegamente en Dios, el cual quiere ayudarnos a llevar el morral de nuestros sufrimientos.

Al iniciar el Salmo, en los dos primeros versículos, el escritor expresa su confianza total en el Hacedor de los cielos y la tierra: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra”. El peregrino, que se acercaba a la ciudad Santa, ve los encumbrados montes, símbolo de inamovilidad, de firmeza. Contempló los montes tan bien plantados y se ve él mismo tan fluctuante, tan acosado por temores e inquietudes. Angustiado se pregunta quién podrá darle la seguridad y estabilidad en su situación de miedo. Entonces piensa que el único que puede venir en su auxilio, es el Señor del cielo y de la tierra.

En nuestra vida de peregrinos hacia nuestra ciudad definitiva, la nueva Jerusalén, nos invade, por momentos, el temor. Hay tantos peligros por delante: la enfermedad, la violencia, la pérdida de trabajo, la familia que se tambalea, la economía que se desquebraja y muchos otros que nos acechan como leones rugientes. Es el momento en que también nosotros, como el peregrino del Salmo, nos preguntemos: ¿quién puede ayudarme en este peregrinaje misterioso lleno de obstáculos? ¡Sólo el Señor puede hacerlo de la manera que lo dicen los versículos 3 al 6: “No dará tu pie al resbaladero, Ni se dormirá el que te guarda. He aquí, no se adormecerá ni dormirá El que guarda a Israel. Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano derecha. El sol no te fatigará de día, Ni la luna de noche”.

En cierta ocasión Alejandro Magno dijo a sus soldados: “Yo velo para que vosotros podáis dormir”. Durante las horas nocturnas, cuando no estamos conscientes del mundo alrededor nuestro, hay Uno mayor que Alejandro Magno que vigila sobre nosotros con cuidado constante e incansable: Jesucristo (Hebreos 13: 8). El “pie” del creyente es preservado de “resbalar”. Puesto que el pie ilustra el apoyo de todo nuestro cuerpo, significa que Dios es el que nos guarda de no caer en la desesperación; si resbalamos, Él nos sostiene para no ser heridos de muerte.

Al pasar a los siguientes versículos, 7 y 8, tenemos la garantía de ser guardados de todo enemigo espiritual: “Jehová te guardará de todo mal; El guardará tu alma. Jehová guardará tu salida y tu entrada Desde ahora y para siempre”. Es un hecho indudable que nada puede venir a la vida interior del creyente sin la voluntad permisiva de Dios. Para nosotros, los cristianos, no hay circunstancias, accidentes fortuitos, ni tragedias fatales sin un propósito divino. La imagen de Dios como “guardián” es de una profunda significación. Está siempre pendiente de sus hijos. Siempre de parte de Dios el creyente es guardado y bendecido por la misericordia de Él.

E.D.A.