La hora de la fe | #80

2020-06-25T11:16:56-04:00 25 de junio de 2020|E.D.A.|

Hablemos de algo que parece haber desaparecido de la tierra; algo que sucumbe frente a poderosos enemigos como el egoísmo, la violencia, el racismo, la discriminación y el materialismo que impera en el día de hoy: LA BONDAD

Fue a la media noche, cuando siendo todavía muy joven, le comunicaron a la Princesa Victoria que le correspondía ser Reina de Inglaterra y ocupar inmediatamente el trono Británico. En aquel momento esta mujer dobló sus rodillas, cruzó sus brazos y con la vista puesta en el cielo exclamó: “seré buena”.

Ser bueno no es una desventaja en la vida y sí un ministerio, una siembra que, cuando menos lo pensamos y cuando más lo necesitamos, nos sorprende con su oportuna cosecha. ¡Ser bueno nunca es en vano! La expresión “perdido en el mar” no se debe aplicar nunca al buen cristiano.

Si alguna vez este mundo triste y semidestruido ha tenido la necesidad de actos bondadosos es ahora. Se necesita amor altruista para proseguir en la obra de bondad de la cual tanto nos habla la Biblia, frente a la injusticia, el engaño, la mentira y la ingratitud que generalmente nos rodea.

Sin embargo, más arriba de esta atmósfera viciada se yergue la figura del apóstol Pablo que con voz y autoridad espirituales hace un llamado a la bondad cristiana, con palabras como estas: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados”, Efesios 4:32; 5:1. Y la voz y júbilo del gran Pedro: “Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro”, 1 Pedro 1:22. Ambos apóstoles enfatizan una caridad y un amor desinteresados. Esta ley de Cristo relaciona la bondad tal como se enseña en el Evangelio. Nuestra bondad por otros debiera ser de la misma clase que mostraron Cristo, Pablo y Pedro; un servicio y socorro de autosacrificio.

En la Epístola a los Hebreos está escrito: “Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios”, Hebreos 13:16. Muchas cosas buenas le debe la humanidad al Señor (Mateo 5: 43-48; 25: 34-40) y uno de los aspectos más sobresaliente de su vida lo encontramos en Hechos 10: 38, “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. Jesús demanda nuestra participación personal en atender las necesidades de los demás.

Como miembros de la familia humana comprendamos que somos parientes y vecinos de todas las personas. Estamos unidos a ellos en las necesidades y en los sentimientos fundamentales de la vida terrenal. De una misma sangre Dios hizo a todos los linajes de la tierra. De Adán y Eva descienden todas las naciones. De manera que, en rigor, somos hermanos en la carne.

El dolor, la tristeza, la alegría, el entusiasmo; las necesidades físicas como el hambre, la sed, el sueño, son comunes a todas las personas. Por lo tanto, en esta hora de egoísmos, de ambiciones desmedidas, de luchas políticas y religiosas, el bien debe moverse en medio del pueblo de Dios para favorecer al más necesitado en todo.

Unámonos, pues, en una cruzada de bondad y misericordia de llevar a todas las personas, desde la niñez hasta la ancianidad, los ideales del cristianismo; ideales benditos que nunca han fracasado y que no pueden fracasar porque están llenos de la vitalidad de la misericordia de Dios y de eficacia moral y espiritual.

E.D.A.