La hora de la fe | #91

2020-07-08T08:40:36-04:00 8 de julio de 2020|E.D.A.|

Fue Lucrecio quien aseguró que “la gota de agua continua horada la piedra”. Otro pensador dijo que “la perseverancia conviene a los reyes”. Y otro atinado y notable pensador expresó que “la gran carrera de la perseverancia es la única que conduce al éxito”.

La perseverancia o la constancia es una de las cualidades por la que muchas de las cosas de la vida dan buenos resultados. Tanto en lo humano como en lo espiritual. Alguien afirmó: “No hay cosa que no puedan vencer la constancia, el continuo cuidado y la diligencia”. Las inspiraciones del momento tienen mucho valor, las oportunidades representan también bendiciones que deben ser aprovechadas; pero la manera de conducirse sabiamente en la vida es cosa que siempre está al alcance de todos, con el favor de Dios.

El apóstol Pablo se nos da a conocer como un cristiano perseverante cuando dice: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios”, Filipenses 3: 12-15.

No se concibe un gran carácter cristiano sin la virtud de la perseverancia, de la constancia, o de la diligencia. El éxito de la vida cristiana se debe en “aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”, Efesios 5: 16. Pablo comunica varias veces su sentido de urgencia para las cosas del Señor. Nosotros también necesitamos el mismo sentido de urgencia y perseverancia porque nuestros días son pocos y difíciles. Los años que constituyen nuestra vida cristiana deben ser bien aprovechados, útiles, rendirlos al máximo para cumplir a plenitud los propósitos de Dios y reconocer las oportunidades diarias, con o sin cuarentena, para la adoración y el servicio a Dios. Siempre debemos ser conscientes de la brevedad de la vida. Dice el salmista David: “Hazme saber, Jehová, mi fin, Y cuánta sea la medida de mis días; Sepa yo cuán frágil soy. He aquí, diste a mis días término corto, Y mi edad es como nada delante de ti; Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive. Selah”, Salmos 39:4-5.

No se obtiene ninguna gran victoria, ningún buen fruto, ninguna experiencia gratificante para el alma sin la perseverancia cristiana, sin la constancia en el deber, sin la firmeza en la doctrina de Cristo y de los apóstoles.

“Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”, Lucas 9: 62. ¿Qué quiere Jesús de nosotros? Dedicación total, perseverancia sin cesar. Enfocados en el Señor, no debemos permitir que nada de lo que está pasando actualmente a nuestro alrededor y en el mundo nos distraiga de la manera de vivir y actuar como Él nos pide. Si el que ara mira atrás, dejará un trabajo mal hecho.

Hermoso desafío encontramos en la Epístola a los Hebreos: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar”, 12: 1-3. La vida cristiana implica trabajo y sacrificio; requiere colocar a un lado todo lo que ponga en peligro nuestra relación con Cristo; correr con paciencia y perseverancia y hacer frente a la mundanalidad, es participar en la carrera de Cristo. Sí, la carrera de Cristo es ardua, ¡pero maravillosa, sin igual y tiene recompensa eterna!

La perseverancia cristiana requiere disciplina, adiestramiento espiritual para alcanzar la madurez idónea. Pero no estamos solos; hay ayuda divina, fortaleza del Espíritu, y hasta colaboración angelical (Salmo 34: 7). No solo es razonable ser cristiano, sino la única vida que agrada al Señor, se traduce en amistad con Él.

E.D.A.