La hora de la fe | #117

2020-08-09T06:54:29-04:00 7 de agosto de 2020|E.D.A.|

En medio de la presión o adversidad, los creyentes deberíamos animarnos con lecturas como la de 1 Tesalonicenses 5: 16-23: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal. Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”.

Nuestro gozo, nuestras oraciones, nuestro testimonio y agradecimiento a Dios no deberían fluctuar con nuestras circunstancias o estados de ánimo. Al internalizar lo dicho por el apóstol Pablo, que en realidad son mandamientos para los cristianos, descubrimos que nuestra dependencia del Señor nos da gozo y fortaleza.

No podemos pasar todo el tiempo sobre nuestras rodillas, pero es posible asumir una actitud de oración, de gozo, de acción de gracias y de avivamiento todo el tiempo. Nada de esto debe sustituir al tiempo dedicado a los deberes cristianos, sino que debe ser una consecuencia del mismo. En los cristianos todo debe funcionar en una perfecta armonía.

Pablo no enseña que debemos dar gracias a Dios por determinadas cosas que nos suceden, sino en todo. Lo malo, lo verdaderamente malo, nunca procede de Dios; pareciera entonces razonable que no debiéramos agradecer por lo malo, lo malo malo; sin embargo, si algo padecemos por amor a Cristo, por causa de la justicia o por lo que digan contra nosotros mintiendo, debemos sentirnos agradecidos a Dios por lo bueno que pueda darnos a través del sufrimiento. Cuando lo malo nos ataca como consecuencia de nuestros pecados, debemos volvernos a Dios en actitud de arrepentimiento y agradecerle por Su gracia y Su perdón, ¡pero no darle gracias por lo hecho mal!

En la vida cristiana sea todo gratitud para con Dios. En la alegría del corazón y en la tristeza de espíritu. En la fatiga y en el descanso. En lo que acaricia y en lo que lastima. En salud y en la enfermedad. En abundancia y en escasez. En los días frescos como en los calurosos. Cuando salimos y cuando entramos. En lo dulce y en lo amargo. En la vida como en la muerte. En fin, total gratitud para con Dios.

Un predicador ciego de Escocia, tan bendecido como probado, oró una vez de esta manera: “Dios mío, yo nunca te he dado gracias por las espinas. Te he dado las gracias mil veces por las rosas que han hermoseado y perfumado mi vida, pero ni una sola vez se me ha ocurrido darte gracias por las espinas que me hieren. He mirado hacia adelante con fe en un mundo donde recibiré amplia compensación por mi cruz; pero nunca he pensado en mi cruz como una gloria presente y actual por la cual debo darte gracias”. ¡Qué gozosos seríamos si viviéramos así, en la atmósfera de la gratitud, de la alabanza, de la oración y del espíritu!

Sí, fueron diez los leprosos que se encontraron con Jesús y fueron sanados por Él, pero solo uno volvió para darle gracias, glorificando a Dios a gran voz (Lucas 17: 15). ¿Está usted entre aquellos que se olvidan o se cuenta entre los que “dan gracias en todo, porque ésta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”? Procuremos que nuestro primer pensamiento al despertar cada mañana sea de gratitud para con Dios. La acción de gracias es parte integral de la oración de cada día.

En el libro “Cristo, el dolor y yo”, de J.H.B. Garrastegui, se encuentra este pensamiento: “Tu Debe y Haber durante las últimas veinticuatro horas: ¿Cómo te ha tratado Dios a ti? ¿Cómo te has portado tú con Él?”

E.D.A.