La hora de la fe | #120

2020-08-15T04:04:18-04:00 11 de agosto de 2020|E.D.A.|

Hay grandes lecciones en este texto: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”, 1 Timoteo 1:15. El que Pablo se considerara el primero entre los pecadores, cae como un golpe que nos deja aturdidos. No sabemos qué pensar. Si dijera: “entre los apóstoles yo soy el primero”, o “entre los cristianos soy la estrella, el más sobresaliente”, posiblemente lo entenderíamos. Aunque por modestia jamás lo dijera, todo el pueblo de Dios lo calificaría así. Pero esto de que el autor de la mayoría de las Epístolas se considera el más grande de los pecadores, suena como increíble.

Pero no, el apóstol habla con absoluta sinceridad; no está fingiendo una humildad que no existe en el cristianismo; se considera el primero entre los pecadores por quizás, estás razones:

En primer lugar, es una verdad innegable para el creyente que mientras más santo sea, más admite la necesidad de Cristo en su vida (Mateo: 5: 3; Lucas 18: 13). El que no ha tenido una experiencia verdadera con el Señor y Salvador de su vida, es ajeno a este sentimiento, más bien puede creerse justo y bueno delante de Dios. Solo un creyente piadoso admite que necesita más y más de Cristo. Si usted quiere vivir para Dios debe admitir la necesidad de Cristo en todo su ser.

En segundo lugar, Pablo se consideraba el primero entre los pecadores porque tenía más conocimiento del Evangelio que los demás. Nadie, suponemos, pudo penetrar tan profundamente en los misterios de la fe cristiana como él. Cuanta más luz espiritual recibió del Señor más se consideraba indigno de tanta bondad divina. Cuando él escribió a los romanos, les dijo: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego”, Romanos 1:16.

En tercer lugar, Pablo se consideraba el primero entre los pecadores porque nadie había perseguido tanto a los cristianos como él (Hechos 9: 1, 2). Pero el Cristo resucitado lo confrontó y lo puso cara a cara con la verdad del Evangelio que tanto odiaba. Algunas veces Dios irrumpe en una vida de forma espectacular y otras veces la conversión es una experiencia muy distinta, tranquila. Cuídese de las personas que insisten en que usted debe tener algún tipo de experiencia particular con sobresaltos, éxtasis, llanto, desmayo, gritería. La debida manera de depositar nuestra fe en Jesús es aquella que Dios decide usar, no como lo establecen ciertos religiosos.

Por último, el apóstol Pablo se considera el más grande de los pecadores porque luchó como nadie para ajustar su vida al ejemplo de Cristo. ¡Cómo gemía y lloraba por alcanzar el ideal espiritual ordenado por el Señor! Recuerde lo que llegó a decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”, Gálatas 2:20. “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”, Filipenses 1:21.

Pablo era el primero de los pecadores porque Cristo era lo primero en su vida. Se consideraba el creyente más bienaventurado por Dios. ¡Qué paradojas propicia el Evangelio de Cristo! (1 Corintios 1: 20-31). El Evangelio todavía parece tonto para muchos. Nuestra sociedad rinde culto al poder, a la influencia, a la riqueza, al hombre endiosado en sí mismo. Pero conocer y obedecer a Cristo como Pablo lo hizo es lo más grande que uno puede tener. El Señor es la fuente y la razón de nuestra vida personal; fuera de Él perderemos identidad, sabiduría y conocimiento verdadero. No hay nada religioso que podamos hacer para “ganarnos” el derecho a ser un cristiano como el apóstol Pablo, excepto hacer de Jesucristo nuestro SEÑOR y SALVADOR.

E.D.A.