La hora de la fe | #129

2020-08-23T06:03:27-04:00 21 de agosto de 2020|E.D.A.|

Hay dos libros que Dios nos ha dado para que le conozcamos. Uno de esos libros es la naturaleza que, con su grandiosidad, nos interpela y nos hace pensar en un Creador del universo. El otro libro por excelencia es la Biblia, en la que han quedado consignadas las revelaciones divinas acerca de quién es Él, qué es lo que quiere de nosotros y que tengamos un encuentro personal con Cristo.

El Salmo 19 se refiere a estos dos libros de Dios. En su primera parte, el salmista expone la grandeza misteriosa del firmamento: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día emite palabra a otro día, Y una noche a otra noche declara sabiduría. No hay lenguaje, ni palabras, Ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su voz, Y hasta el extremo del mundo sus palabras. En ellos puso tabernáculo para el sol; Y éste, como esposo que sale de su tálamo, Se alegra cual gigante para correr el camino. De un extremo de los cielos es su salida, Y su curso hasta el término de ellos; Y nada hay que se esconda de su calor”, vv.1-6.

Estos versículos nos revelan la gloriosa majestad de Dios y nuestra condición finita (véase Salmo 8). Estamos rodeados de fantásticas demostraciones de la capacidad creativa de Dios. Decir que el universo surgió por casualidad es absurdo. El apóstol Pablo se refirió a este salmo cuando explicó que todos saben acerca de Dios debido a que la naturaleza proclama su existencia y poder (Romanos 1: 19, 20). El primer libro de la Biblia describe a Dios como un Arquitecto e Ingeniero. La Biblia no es un libro de ciencia, sino un libro de religión; no obstante en ella encontramos razones científicas y fundamentos relativos a la ciencia de las cosas exteriores del universo. Así que el ser humano, con su propia inteligencia, puede llegar a descubrir la existencia de Dios, si quiere. Pero eso no basta para que pueda tener un encuentro personal con Él. Se necesita de la Biblia y del Espíritu Santo. Es por medio de estos dos instrumentos divinos que Dios nos revela qué quiere de nosotros: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Jehová son verdad, todos justos. Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal. Tu siervo es además amonestado con ellos; En guardarlos hay grande galardón”, vv.7-11.

La carta a los Hebreos dice que en tiempos antiguos, Dios habló muchas veces y de muchas maneras, pero ahora, en nuestros tiempos, nos habla por medio de su Hijo (Hebreos 1: 1, 2). La Palabra de Dios nos revela dónde encontrar la salvación y la vida eterna; nos muestra quién es el camino, la verdad y la vida. Cuando pensamos en la Biblia, muchas veces la asociamos con lo que nos impide divertirnos, con prohibiciones, con fanatismo, con “no, no, no”. Pero el salmista David nos dice que es todo lo contrario: ley que convierte el alma, que nos hace sabios y alegra el corazón; que alumbra nuestros ojos, nos alerta contra el peligro y nos galardona. ¿Qué tal?

Del Señor Jesús son estas palabras: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”, Juan 5:39.

Debemos examinar el libro de la creación que nos lleva a encontrarnos con el Constructor del universo; pero el otro libro, la Biblia, nos revela a Jesucristo como la única esperanza del ser humano.

E.D.A.