La hora de la fe | #138

2020-09-08T23:54:28-04:00 1 de septiembre de 2020|E.D.A.|

Entre los creyentes judíos el saludo de encuentro y de despedida iba acompañado de estas hermosas palabras: “La paz sea contigo”. En este saludo iban encerrados los mejores deseos de un corazón humano. Años más tarde el mismo Señor Jesucristo daría un mayor significado de esas palabras.

Sin embargo, la paz tal como la definieron los judíos y el Señor Jesús, judío también, no es una perla que se encuentra en el mar, pura y sin mezcla, transparente como la sonrisa de niño feliz. Con frecuencia la paz va tomada de la mano con la tribulación, con la tempestad y el oleaje del mar. Enseñan las Escrituras que a veces llega a ser un medio que Dios permite para enderezar algo torcido en nuestras vidas y manifestar su paternidad más profunda. De esto nos hablan muchísimo los salmos, los profetas del Antiguo Testamento y los Hechos de los apóstoles.

Vamos a acercarnos a algunos fragmentos del Nuevo Testamento para que ilumine nuestro caminar en la comprensión de la paz verdadera. Tenemos, en primer lugar, la paz de Jesucristo. Un día, una humilde y pobre mujer, enferma y apenada, corrió entre la multitud y en las alas de la fe logró tocar el vestido del Señor. Y Jesús se volteó y le dijo: “ve en paz y queda sana de tu azote”, Marcos 5: 34. En otra ocasión, una mujer con abundantes lágrimas, derramó sobre Jesús un rico y costoso perfume, y el Señor le dijo: “tu fe te ha salvado, ve en paz”, Lucas 7: 50.

En segundo lugar, se podrían llenar muchas páginas contando casos acerca de la paz de la oración. Basta recordar lo señalado por el Señor, reseñado por el evangelista, en Mateo 18: 19, 20: “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. El acuerdo o la reconciliación de dos o más personas trae paz. Deberíamos perdonar siempre a los que se arrepienten de verdad, no importan cuántas veces. Esto está haciendo falta en muchos hogares. Y si se lo pedimos al Señor, Él contribuirá a la paz de quien en verdad la busquen.

En tercer lugar, está la paz de las Escrituras. “Mucha paz tienen los que aman tu ley, Y no hay para ellos tropiezo”, Salmos 119:165. La sociedad moderna anhela la paz mental. Aquí tenemos una instrucción muy clara de cómo llevarlo a cabo en la vida. Si amamos a Dios y obedecemos sus mandamientos, tendremos “mucha paz”. Confíe en el mensaje de la Biblia. Es la única regla de paz por encima de las personas, de los gobiernos, de los trabajos, de las amistades, de los afanes de esta vida, (véase Romanos 15: 4). El conocimiento de las Escrituras influye en nuestra actitud hacia el presente y el futuro. Cuanto más sepamos de la ‘Constitución de Dios’, mayor será la confianza que tengamos para los días venideros.

Para que la paz pueda convertirse en un valor sin fronteras, Jesús de Nazaret debe inspirarnos. Su estilo de vida, Sus enseñanzas, Sus promesas, Su veracidad tienen más que nunca vigencia ahora y siempre. Nada es más actual que Su mensaje. Con Cristo la paz siempre es posible. Del apóstol Pablo son estas palabras: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación”, Efesios 2:14. Esto es lo que llamamos verdadera paz; todos somos llamados a aceptar este regalo de Dios.

E.D.A.