La hora de la fe | #159

2020-09-27T11:09:00-04:00 25 de septiembre de 2020|E.D.A.|

Dios hizo al ser humano especial, diferente de todo lo que había creado antes. El Señor creó al hombre y a la mujer y tuvo tanto amor y cuidado al darles formas y funciones, que los hizo a su semejanza (Génesis 1: 26-31). Además de ello, sólo a los seres humanos se les concedió el privilegio de comunicarse con su Creador. En el jardín del Edén, esta comunicación era directa (Génesis 3: 8), pero con la caída del hombre, se cortó. Por eso, actualmente Dios se comunica con las personas a través de la Biblia, donde está registrada todas las normas para la humanidad. Y es por medio de esa Palabra, que tienen el poder de transformar vidas humanas, que el Señor quiere y espera bendecir su institución más sagrada: la familia. Dios desea estar presente en cada hogar y llevarle paz, perdón, salud y armonía.

Si hablamos de modo general, todas las personas están agrupadas en familias, unidos por vínculos de sangre, de amor y de intereses. La familia así constituida tiene unas reglas morales de comportamiento que es necesario observar para mantenerla en paz y unión.

Cuando un miembro de la familia es visitado por la enfermedad, todos los demás miembros comparten de algún modo los efectos de la misma. Si nos limitamos al orden económico, podemos observar todo un proceso de participación de bienestar, riesgos y dificultades. Todo esto se hace en función de mantener la paz en la familia.

Sin embargo, no es necesario que un miembro de la familia caiga en desgracia física y/o económica para reconocer su derecho a nuestro amor, sacrificio, esfuerzo, unidad y tiempo. Para que la paz familiar adquiera rasgos de seguridad y felicidad requiere, por lo tanto, atención diaria, vigilancia permanente y colaboración de todos. Solamente así permanecerá imperdurable en medio de la descomposición social de este mundo.

El Señor siempre quiso que el hogar comience con un hombre y una mujer, varón y hembra. A pesar de las inmoralidades sexuales del ser humano, que confunde o tergiversa los planes de Dios, Él nos da muchas directrices para que gocemos de un hogar feliz. Dios es sabio e infalible y lo que Él aconseja en la Biblia todavía hoy es válido y funciona para todos los hogares y/o familias. Sin duda, Él quiere lo mejor para cada pareja, hijos y hermanos. Sólo aquellos que tienen la bendición de conformar la primera institución divina, realmente puede formar una intimidad inquebrantable, imperdurable, inolvidable.

Muchas veces intentamos justificar nuestras actitudes o aliviar nuestra conciencia argumentando que estamos haciendo lo que hace todo el mundo. Sin embargo, Dios nos dio una misión ineludible: “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”, 1 Timoteo 5:8.

Las relaciones familiares son importantes a los ojos de Dios. Pablo dice que quien menosprecia o descuida sus responsabilidades familiares se vuelve un apóstata de la fe cristiana. ¿Estamos cumpliendo con nuestra parte para satisfacer las necesidades integrales de aquellos que forman parte de nuestro círculo familiar? Todos debemos vivir las implicaciones de Josué 24: 15 y Efesios 5: 22-31.

Quién dice amar a Dios, debe amar a su familia. El que dice que ama a Dios y aborrece su hogar, el tal es peor que un incrédulo.

E.D.A.