La hora de la fe | #164

2020-10-08T20:22:41-04:00 1 de octubre de 2020|E.D.A.|

El texto bíblico, que sirve de entrada a esta meditación, lo encontramos en Efesios 5: 1, 2: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante”. Así como los hijos imitan a sus padres, también nosotros deberíamos imitar a Dios. El cristiano no tiene llamado o propósito más grande que el de imitar a su Señor. La vida cristiana está diseñada para reproducir el modelo del Salvador y Señor Jesucristo.

Una de las maneras más convenientes de entrar en este tema es diciendo, primeramente, lo que la vida cristiana no es. Por ejemplo, no es asistir en forma rutinaria y mecánica al templo para escuchar el sermón, cantar, depositar lo que consideramos en la bolsa de las ofrendas, participar de la Cena del Señor. Tampoco es usar insignias religiosas, vestimentas especiales, ni transportamos a una especie de cielo privado. No, la vida cristiana no es comer o beber ciertas cosas en ciertos días o meses del año, abstenernos de alimentos para practicar un ayuno.

La vida cristiana es, en segundo lugar, imitar al Señor en todo, al hablar, al pensar y hacer como corresponde a un hijo de Dios. La vida cristiana consiste, por lo tanto, en despojarnos de la pasada manera de vivir, que la Biblia identifica como el “viejo hombre”, que está corrompido por los deseos engañosos. Debe haber una renovación en el espíritu de nuestra mente y una actitud de vestirse del nuevo hombre, creado según el Señor a la justicia, la santidad y la verdad.

Como podemos ver, entonces, vivir la vida cristiana sí contempla la idea de la comunión con Dios, expresar adoración y servicio a nuestro Señor, compartir lo que se tiene con otros, acogerse a la misericordia infinita de Dios, asistir a la iglesia, experimentar la transformación de la vida diaria al pedir perdón al Señor. Es una vida que se comparte junto a otros creyentes. Es el reconocer nuestras limitaciones. Además, la vida cristiana tiene el dinamismo del desarrollo, del crecimiento, de la madurez, es que cada día no es sólo nuevo sino que también presenta la oportunidad de aprender y emprender nuevas cosas para Dios.

Pero hay más, a través de lo dicho anteriormente nuestro propósito en la vida cristiana es lograr una existencia gozosa, ¿por qué no?, feliz, no solamente en la eternidad sino en esta tierra. Felicidad que no consiste en las cosas que uno tenga, sino en entender nuestra propia existencia humana como un regalo de Dios, como morada del Espíritu Santo, como hijos del Rey de Gloria. Multitud de personas sólo se quedan con una parte de la vida exterior, con la cáscara de la vida, mientras que el creyente goza de la libertad con que Cristo nos ha hecho libres.

Definitivamente, no hay nada comparable a la vida cristiana. Sí, es posible ser feliz aún en las situaciones más adversas, pero para eso hay que ser cristiano de corazón. ¡Con qué satisfacción nos dejó dicho el apóstol Pablo lo siguiente!: “El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno. Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros. En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis. Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión”. “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”, Romanos 12:9-16, 21.

E.D.A.