La hora de la fe | #270 – #275

2021-02-28T02:58:42-04:00 27 de febrero de 2021|E.D.A.|

Veremos una serie de milagros registrados en el Evangelio según Juan. Es evidente por la brevedad del espacio que no serán descripciones completas. Sin embargo, sirven de referencia conveniente para todo lector y estudioso de la Biblia.

¿Qué es un milagro? Según el Diccionario de la Biblia, Editorial Caribe: “Cualquier acto de poder divino, superior al orden natural y a las fuerzas humanas”.

JESÚS CONVIERTE EL AGUA EN VINO (Juan 1: 1-11).

Jesús tenía como misión salvar al mundo. A pesar de esto empleó tiempo para asistir a reuniones sociales y participar en las festividades típicas y religiosas de la época. Quizá nos sintamos tentados a pensar que no debemos ocupar tiempo en asuntos sociales, familiares y religiosos. Sin embargo, hay ciertas actividades o celebraciones sociales que deben ser parte de nuestra misión cristiana.

Jesús dio importancia a las festividades nupciales porque asistían personas y a Él le gustaba estar con ellas. En unas bodas en Caná de Galilea estaba allí con su madre, María y sus discípulos. No se sabe quiénes fueron los novios, el hecho importante es que el Señor aprobó el matrimonio en público, notorio y santo (no en un sacramento). Esto quiere decir que el matrimonio es una institución sagrada, que el Señor desea estar presente en cada hogar y llevarle la paz, la armonía, el compromiso y su bendición. Dios siempre quiso que el matrimonio entre un hombre y una mujer ofrezca tranquilidad y estabilidad, que unan y formen “una sola carne” o un solo cuerpo, es decir, intimidad, cooperación, dependencia el uno del otro, compartiendo intereses y opiniones.

En este primer milagro, el Señor también nos muestra cuán hermoso es a los ojos de Dios el estado conyugal. Cuando se tiene en poco el vínculo conyugal, la sociedad se derrumba. Los que desprecian el matrimonio tomándolo como un contrato, como “si no me va bien me divorcio o separo”, no son del agrado de Dios. El Señor Jesús que honró y enalteció el matrimonio entre un HOMBRE y una MUJER, no cambia jamás de parecer. “Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios”, Hebreos 13:4.

Sin embargo, esta unión de dos vidas (“y serán una sola carne”, Génesis 2: 24; Mateo 19: 5, no una sola alma ni un solo espíritu), aunque es temporal (“hasta que la muerte los separe”, Romanos 7: 2, 3), es preciso no realizarla atropellada, ligera o caprichosamente y sin debida meditación. Para que conduzca a la verdadera felicidad es necesario ejercerlo reverente, sobria, acertadamente y en el temor de Dios.

El asunto de convertir el agua en vino para festejar a los invitados simboliza fraternidad, alegría, regocijo. En el tiempo del Señor Jesús beber vino en familia describe armonía, una vida que revela el gozo del Espíritu. Dice el apóstol Pablo: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu”, Efesios 5:18. Pablo contrasta la embriaguez con vino (mejor, con cualquier bebida alcohólica) que produce una “alegría” temporal, con estar llenos del Espíritu, lo que produce un gozo duradero y vida eterna con Dios.

JESÚS SANA A UN PARALÍTICO (Juan 5: 1-15)

Este es uno de los pocos milagros que nos refiere el apóstol Juan. Nada de cierto se sabe acerca de este estanque o del lugar donde estaba situado. Algunos expertos han pretendido descubrir en dónde estaba, pero no han podido apoyarse en otra cosa que conjeturas y tradiciones. Después de haber transcurrido XX siglos es difícil determinar el lugar.

Al leer acerca de este milagro resaltamos lo siguiente. En primer lugar, este hombre estaba en una condición deplorable. Debido a su pecado pasado llevó su aflicción por treinta y ocho años; así nos lo enseña el versículo 14: “Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor”. Estaba rodeado de personas atribuladas, las cuales ilustran la triste condición de la persona inconversa, impotente, incapaz de valerse por sí misma, acorralada sin Dios y sin esperanza; no obstante, la misericordia del Señor está al alcance de todos.

En segundo lugar, toda aquella multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos esperando que un ángel viniese y agitara el agua y pudieran meterse en el estanque, podían sanarse; pero no tenían el poder para lograrlo. Como el pecador hoy: si entendiera la perfecta Palabra de Dios y la obedeciera, podría ser salvo de toda enfermedad espiritual; pero es incapaz de hacerlo por sí mismo, sólo si cree en el Señor Jesucristo puede ser salvo de toda maldad.

Notemos el tercer detalle. “Betesda” significa “casa de misericordia”, o de gracia, y esto es lo que llegó a ser para este hombre. ¿Qué significa casa de misericordia o gracia? Significa bondad para quienes no se la merecen. Jesús vio a muchos enfermos e inválidos, ¡pero se dirigió solamente una persona y la sanó! Este hombre no era más que los demás, pero el Señor lo escogió. Este es un ejemplo hermoso de la salvación y de cómo el ser humano debe humillarse ante Dios, confesarle su pecado, arrepentirse y acogerse a su “Betesda”, a la gracia de nuestro Señor. Cristo lo dice en el versículo 21 y tiene aplicación a la vida espiritual: “Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida”. “Les da vida” a todos los que en Él creen.

En cuarto y último lugar, notamos que el relato nos habla de “cinco pórticos” y en la Biblia cinco es el número de la gracia y el estanque estaba cerca de la puerta de las ovejas, lo cual habla de entrada, de refugio, de seguridad. Cristo es la Puerta del redil de las ovejas y también el Buen Pastor. “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos”. “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas”, Juan 10:9, 11. Aquel hombre le dijo a Cristo: “No tengo quien me meta en el estanque”, pero aún cuando hubiera tenido docenas de religiosos que le ayudaran, no hubieran podido hacer por él lo que Jesús hizo. Todo ser humano necesita de Jesús para salvarse; necesita la salvación de su alma por medio de Cristo. “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”, Hechos 4:12.

JESÚS ALIMENTA A CINCO MIL (Juan 6: 1-13)

Si podemos creer en este sencillo acto milagroso del Señor Jesús, no tenemos por qué dudar que Él hará cualquier cosa para suplir nuestras necesidades físicas más apremiantes. A Jesús se le aviva la compasión cuando estamos hambrientos y agotados. Por lo tanto, debe ser natural para el creyente acudir en primer lugar al Señor en caso de necesitar alimentos o cualquier otro recurso material. Algunos incrédulos encontrarán difícil imaginar un milagro de esta naturaleza, pero los creyentes no tenemos por qué cambiar de opinión acerca de lo que Cristo puede hacer en favor de los suyos, “porque nada hay imposible para Dios”, Lucas 1: 37.

En este milagro percibimos el poder infinito del Señor. Ninguno de sus milagros fue realizado en presencia de tantos testigos. Nuestro Señor alimentó a cinco mil hombres con cinco panes de cebada y dos pececillos. Que un hecho tan portentoso tuvo lugar lo demuestra la circunstancia de que quedaron doce canastas después que todos quedaron satisfechos. Aquí el Señor ejerció un poder creador, puesto que hizo existir algo que antes no existía, a diferencia de los milagros de sanar a los enfermos y resucitar muertos, en los cuales se restituía algo que antes había existido.

Esto sirve de instrucción y de consuelo a todos los que en Él creen, por cuanto demuestra que nuestro Señor es poderoso para socorrer al mayor necesitado. No sólo puede sanar al enfermo, restaurar al quebrantado de corazón, reconstruir lo que esté arruinado y dar fuerzas a los que estén débiles; puede hacer existir lo que antes no existía. No perdamos la fe y la esperanza en Él ante cualquier situación. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”, Hebreos 13: 8. A pesar de que algunos líderes humanos puedan tener algo para ofrecer, debemos fijar nuestra mirada en Cristo, nuestro Ayudador supremo. “De manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre”, Hebreos 13: 6.

Resulta llamativo que el Señor Jesús no se enojó cuando una gran multitud le seguía, como pensando que iban a estorbar su reposo o su tiempo con sus discípulos. Su primer pensamiento fue conseguir algo para que comiesen. El Señor da una lección de gran valor a sus discípulos: La gente es lo primero y lo más importante para Dios. El Señor proveyó para el bienestar de las personas. No era usual encontrar algo así en aquella época. ¡El Señor tuvo y tiene compasión por toda la humanidad! El Señor, cuando acudimos a Él, ¡nos atiende, ayuda, consuela y participa con su amor y bondad! Recuerde esta invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”, Mateo 11:28-30.

JESÚS SANA A UN CIEGO DE NACIMIENTO (Juan 9: 1-12)

Una creencia común en la cultura judía era que la calamidad y el sufrimiento era el resultado de algún gran pecado, y esta posición todavía persiste en algunos sectores religiosos en el día de hoy. Pero el Señor Jesús demostró que esta posición es falsa. Vivimos en un mundo caído donde la buena conducta no recibe siempre una recompensa y la mala conducta no recibe siempre un castigo. Por lo tanto, los inocentes y cristianos piadosos a veces sufren. Si Dios quitase la enfermedad cada vez que lo pidiésemos, lo seguiríamos por conveniencia, no por amor y devoción. Al respecto hay que recordar los casos de Job y Pablo, hombres piadosos, santos, consagrados al Señor y sin embargo padecieron dolorosas enfermedades. La enfermedad, el sufrimiento, el accidente, etc., no siempre es el resultado de un pecado personal.

Ahora bien, sean cuales fueren las razones de nuestros padecimientos, el Señor Jesús tiene poder para ayudarnos a lidiar con ellos o curarlo. Cuando sufra debido a una enfermedad, una tragedia, una incapacidad o un desenlace fatal, trate de no preguntar: “¿Por qué sucedió esto?”, ni “¿En qué me equivoqué o pequé?” Más bien pida a Dios que le dé fortaleza para la prueba y una perspectiva más clara de lo que está sucediendo. Jesús utilizó el sufrimiento de este hombre para enseñar acerca de la fe y glorificar a Dios.

La curación de este ciego muestra las siguientes grandes verdades espirituales:

1. La persona inconversa, aunque sea intelectual como Nicodemo, nunca puede ver o comprender las cosas espirituales. Mendiga por algo que satisfaga sus más profundas necesidades espirituales. No puede curarse a sí mismo; otros tampoco podrían hacerlo; necesita del auxilio divino.

2. La persona del Señor Jesús es la única que puede ayudar y salvar al ser humano. Cristo podía haber pasado de largo; sin embargo, Él siempre está cerca y llamando al pecador. “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”, Apocalipsis 3:20. Siempre déjele abierta a Dios la puerta de su corazón, y así lo oirá cada vez que llame. Dejar que entre es la única esperanza de salvación total.

3. La curación debe servir para glorificar a Dios. Todos los milagros y conversiones, como en el caso de este hombre ciego, son para la gloria de Dios únicamente. La religión hoy en día quiere darle a los religiosos, iglesias, “santos” poderes curativos y salvíficos, pero la Biblia nos muestra que sólo Cristo puede librar de las tinieblas espirituales (del pecado y de la condenación) a la humanidad, ya sean ricos o pobres, ignorantes o sabios, jóvenes o ancianos; por todos murió Cristo para salvarnos de la perdición moral y espiritual, familiar y social, demoníaca e impía. “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, Juan 3:14-15.

JESÚS RESUCITA A LÁZARO (Juan 11: 38-44)

El Señor Jesús rescató a otros de la muerte. Sin embargo, la resurrección de Lázaro contrasta con la de la hija de Jairo y la del hijo de una viuda entre otras. La Escritura enfatiza que Marta, la hermana de Lázaro, le dijo al Señor: “hiede ya, porque es de cuatro días”. Pero Cristo le dijo: “Quitad la piedra… ¿no he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Marta estaba tan perturbada que no podía creer lo que Cristo le estaba diciendo. ¡Cuidémonos de poner limitaciones al poder del Señor! Ciertas promesas y ejemplos de las Escrituras, en ocasiones no son comprendidas; y esto no sólo sucede con la gente del mundo, sino también en los creyentes en particular y en las iglesias cristianas.

Miremos de cerca alguna de las lecciones que emergen de este milagro:

1. Lázaro estaba muerto, bien muerto, pues estaba putrefacto. La persona no salva no sólo tiene su alma enferma, está “descompuesta” espiritualmente hablando. Dios le advirtió a Adán que la desobediencia traería muerte (Génesis 2: 15-17): muerte física (el alma se separa del cuerpo) y muerte espiritual (el alma se separa de Dios). Lo que necesita la persona para salvarse no es educación, medicina, moralidad o religión; lo que necesita es una nueva vida en Jesucristo.

2. Lázaro fue desatado de pies y manos, no podía librarse a sí mismo. El cristiano no debe quedarse atado a los sudarios de la vida vieja, sino que debe andar en la libertad con la que Cristo le hizo libre. Leemos en la Biblia: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”. “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, Juan 8:36, 32 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”, 2 Corintios 5:17.

3. Lázaro tuvo comunión con Cristo. Después de resucitado, Lázaro se sentó a la mesa con el Señor (Juan 12: 1, 2). Lázaro, Marta y María mostraron su gratitud al Señor Jesús por Su misericordia y amor. El milagro de la salvación nos da vida eterna, pero debemos estar en comunión diaria con Cristo para poder crecer y madurar en la vida cristiana.

Es interesante notar que la familia entera en Betania demostró cómo debe ser la vida del creyente. A María se le halla a los pies de Jesús, escuchando su Palabra. Marta es el cuadro del servicio, siempre se le halla atareada, haciendo algo por Cristo. Lázaro de una vida de testimonio, de un andar diario que lleva a otros a Cristo. Estas tres actitudes deben ser nuestra experiencia cristiana: adoración, trabajo y testificación. El mundo o la mundanalidad siempre luchan contra un milagro viviente y espiritual que glorifique a Dios y testifique a favor de Cristo.

Muy consolador es para el creyente poseer ideas claras acerca de lo que Jesús es como Mediador, Salvador y Señor. Este milagro es una prueba concluyente de que Cristo ejerce dominio sobre el mundo natural y sobrenatural, prueba que, “ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”, Romanos 8:39. En Cristo somos más que vencedores y su amor nos protege de cualquier potestad espiritualmente maligna.

JESÚS APARECE A LOS DISCÍPULOS MIENTRAS PESCAN (Juan 21: 1-14)

Este milagro se ocupa de cómo Jesús preparó el escenario de una conversación con Pedro (Juan 21: 15-23). Según se nos enseña, advertimos cómo el Señor Jesús suministra pruebas de su resurrección a los discípulos con un cuerpo real, humano, pero para ser glorificado. A orillas del mar de Galilea se sienta, come y bebe en presencia de siete de ellos.

No debemos tildar a los no convertidos a Cristo de necios o impíos por el solo hecho de no percibir las cosas espirituales como nosotros las percibimos. Hay diferencia de creencias. Lo que es esencial es tener la gracia de Dios, la dirección del Espíritu y el conocimiento de las Escrituras para creer todo lo que sabemos acerca del Señor Jesucristo. Debemos amar y compartir a todo el mundo la muerte y resurrección de Cristo y el propósito de esos acontecimientos, tal como lo hizo Jesús con estos hombres a orillas del mar, con Pedro y con Tomás. Sólo así nos convertiremos en pescadores de almas.

Este último milagro relata lo siguiente: “Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada. Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús. Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar”, Juan 21:1-7.

Cuando el Señor Jesús aparece en la escena de cualquier situación humana, todo cambia, la luz espiritual comienza a brillar. Nos instruye, espanta la incredulidad y empezamos a recobrar la fe. Unos pocos minutos de comunión y trabajo con el Señor, pueden ser suficientes en las horas más oscuras de la vida. ¡Cuando Cristo aflora en nuestra mente y corazón, todo cambia para bien!

Pedro recibió una fuerza milagrosa al levantar una red que siete hombres juntos no podían con ella. El hecho de que la red no se rompiera es asombroso, pero más asombroso resulta la fortaleza del hombre que Dios usó. Cristo puso este milagro para despertar la conciencia de Pedro y abrir sus ojos para que pudiera decir: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, Filipenses 4: 13.

¡Cómo le gusta al Señor bendecirnos primero antes de recordarnos nuestras debilidades! Nótese que Cristo alimentó a Pedro, antes de conversar acerca de sus debilidades espirituales (Véase los versículos 15-22). La cuestión fue tratar el amor de Pedro hacia Cristo. Si una persona realmente dice amar al Señor, su vida será dedicada y devota a Él. Cristo espera que todos los que en Él creen le amen. Hay una gran diferencia entre la condición de creer y ser salvo y el seguir a Cristo. No todos los cristianos se convierten en discípulos de Cristo; sin embargo, Cristo sigue repitiendo su llamamiento: “Sígueme”. “Toma tu cruz cada día, y sígueme”, Lucas 9: 23. Este mandamiento está vigente en el día de hoy.

E.D.A.