La hora de la fe | #518

2022-01-29T17:18:21-04:00 28 de enero de 2022|E.D.A.|

“Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará? Camina en su integridad el justo; sus hijos son dichosos después de él”, Proverbios 20:6,7.

Uno de los mayores y mejores distintivos del creyente es la integridad. Lamentablemente son muy pocas las personas en quienes podemos confiar; son difíciles de encontrar. Basta preguntarle a una persona de negocios para que diga que una persona de integridad es una de sus necesidades más grandes y que cuesta mucho conseguirla.

Pero la integridad, como la honestidad o la veracidad, no es una cualidad que se obtiene automáticamente. Es bueno recordar que la integridad no corre con la sangre, es algo que se debe cultivar con el favor de Dios, con la devoción a las Escrituras y la oración. Es un comportamiento que se aprende como discípulo del Señor y se desarrolla en el diario vivir con Cristo.

Cuentan que el emperador Carlos V concibió una profunda pasión por la duquesa de Medinaceli y le propuso una entrevista amorosa. La virtuosa princesa se esquivó con estas palabras: “Señor, si tuviese dos almas, arriesgaría una por complacer a vuestra majestad; pero como solo tengo una, no quiero perderla”. En nuestro mundo, no es lo que usted es sino lo que usted aparenta lo que generalmente causa una buena impresión. Pero en el mundo de Dios, lo que cuenta es lo que usted es, no lo que aparenta a los ojos de los demás. Dios así lo vio, por las marcas de integridad, en la vida de Daniel. La Biblia cuenta que: “Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; y pidió, por lo tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse”, Daniel 1:8.

Nuestra tendencia es pensar que Daniel era un hombre excepcional, fuera de serie en términos humanos. Y en un sentido es verdad que lo fue, pero no se entiende que quisiera decir solo eso. Se debe tomar la vida de Daniel, lo mismo que la de José en Egipto, como una persona íntegra. Tuvo una actitud hacia Dios y hacia el rey Darío como un ser confiable y seguro en lo que decía y hacía.

Verdaderamente, integridad no es solo la forma en que uno piensa, sino incluso más la manera en que actúa. Dicho en forma más sencilla, integridad es hacer lo que uno sabe que debe hacer. Es tan básico como guardar la palabra y cumplir lo que se promete. Dios no necesita hombres y mujeres a los que se puedan comprar, sino vidas de testimonio integral, de confianza moral y espiritual. La confianza y la amistad es hija de la integridad y el respeto. “Compra la verdad (integridad), y no la vendas; la sabiduría, la enseñanza y la inteligencia”, Proverbios 23:23.

E.D.A.